Cuando el cuerpo habla: entender la regulación sensorial

Una mirada a lo sensorial en el día a día de niños y familias.

Alejandra Quiroz

2/1/20263 min leer

Muchas veces intentamos entender lo que hace un niño sin escuchar lo que su cuerpo está expresando. Miramos la conducta, lo que se ve por fuera, y buscamos explicaciones rápidas: que si no quiere, que si se porta mal, que si está llamando la atención. Pero en muchas ocasiones lo que está pasando no se explica solo desde ahí.

La regulación sensorial tiene que ver con cómo el sistema nervioso recibe, organiza y responde a los estímulos del entorno. Sonidos, luces, movimientos, texturas, ritmos… todo eso influye directamente en cómo un niño se siente y en cómo puede responder a lo largo del día. Y cuando esta parte no se tiene en cuenta, es fácil que aparezcan desbordes, tensiones y mucho cansancio acumulado.

Lo sensorial no aparece solo en momentos puntuales. Está presente en lo cotidiano, aunque no siempre sepamos reconocerlo. Un niño que se tapa los oídos, que evita ciertas prendas de ropa, que necesita moverse constantemente o que se viene abajo al final del día no está siendo difícil. Está intentando regularse con los recursos que tiene.

A veces lo sensorial se manifiesta como irritabilidad. Otras como agotamiento extremo, rigidez, necesidad de control o explosiones que parecen “de la nada”. Cuando estas situaciones se leen solo como conducta, suele aumentar la frustración. Cuando se miran desde lo sensorial, aparece otra forma de entender lo que está pasando.

Entender la regulación sensorial no significa justificar todo ni dejar de poner límites. Significa preguntarse desde dónde está respondiendo ese cuerpo. Un cuerpo que no puede quedarse quieto quizá necesita movimiento. Un cuerpo que evita ciertos espacios puede estar protegiéndose de una sobrecarga. Un cuerpo que explota al llegar a casa puede haber estado sosteniéndose durante horas.

Regular no es calmar a la fuerza. No siempre es estar tranquilo. Para algunos niños, regularse implica moverse, apretar, balancearse o buscar sensaciones intensas. Para otros, bajar estímulos, anticipar lo que va a pasar o tener entornos más predecibles. No hay una forma correcta de regularse ni una estrategia que funcione para todos.

Acompañar desde lo sensorial implica observar más y exigir menos respuestas inmediatas. Implica aceptar que cada niño tiene un perfil distinto y que lo que ayuda a uno puede no servirle a otro. También implica entender que no todo se soluciona con técnicas, sino con ajustes pequeños y sostenidos en el tiempo.

En lo cotidiano, a veces las primeras pistas aparecen en detalles simples. Notar si los momentos más difíciles coinciden con entornos muy ruidosos, con cambios rápidos, con días especialmente largos o con falta de descanso. Observar si antes del desborde hubo mucha estimulación, pocas pausas o demasiadas demandas seguidas. Preguntarse qué estaba pasando antes, no solo después.

No se trata de intervenir en todo ni de hacerlo perfecto. Muchas veces, pequeños cambios una pausa a tiempo, una anticipación, bajar un estímulo, ofrecer movimiento o un espacio más tranquilo alivian más de lo que parece. Escuchar al cuerpo suele ser más eficaz que pedirle que se calme.

Hablar de regulación sensorial es también hablar de familias cansadas, que dudan si están exagerando o si están llegando tarde. Familias que sienten que hacen mucho y aun así no es suficiente. Tener información clara y acompañamiento reduce la culpa y permite tomar decisiones con más calma.

Acompañar a un niño no es solo acompañar su conducta. Es acompañar su cuerpo, su forma de sentir el mundo y también a quienes lo sostienen cada día. Cuando lo sensorial se tiene en cuenta, muchas situaciones dejan de vivirse como fallos personales y empiezan a entenderse como necesidades.

Escuchar el cuerpo no es dejar de educar.

Entender lo sensorial no es poner excusas.

Es mirar con más profundidad lo que está pasando.

Porque cuando aprendemos a escuchar lo que el cuerpo está diciendo, muchas conductas dejan de ser un misterio y se convierten en mensajes. Y escuchar esos mensajes cambia la forma de acompañar.